El burro que contaba disparates
La fábula del burro y el gallo de corbata
Había una vez un burro que contaba disparates. Parecía saber mucho sobre los temas de los que hablaba, pero sus historias no tenían nada que ver con la realidad; en el fondo, no sabía nada de nada. Era burro, muy burro. El pobre no encontraba con quién hablar y le soltaba sus relatos a una vaca lechera que apenas entendía el castellano. Además, la pobre vaca estaba algo sorda de un oído y a menudo lo espantaba con el rabo.
Un buen día, apareció un gallo con corbata cantando una serenata a los cuatro vientos. Y no pretendo hacer poesía: eso era, exactamente, lo que cantaba. El pobre gallo no sabía dónde se estaba metiendo. Nada más entrar en la plaza, tropezó con una piedra y cayó en un charco. De golpe, se acabaron el canto, la corbata y el ánimo. La piedra se rio a carcajadas y lo señaló con el dedo. Mientras tanto, un gato lo apuntaba todo en su cuaderno para irle con el cuento al burro, quien se encargaría de pregonarlo por todo el pueblo.
Pobre gallo, ya era el centro de atención. Pero el burro, por fin, había conseguido a alguien que lo escuchara. Ya no hablaría solo con una vaca sorda y extranjera; ahora todos querían conocer la historia del gallo torpe de la corbata.
Se reunieron una noche alrededor de una mesa. Comían, bebían y reían. El burro, subido a una silla para que lo vieran bien, comenzó su relato: —«Érase una vez un gallo torpe con corbata» —decía, mientras el público reía, aplaudía y seguía atento la historia.
Un ratón chilló: —¡Yo lo vi, yo lo vi! Tenía los ojos marrones y una cresta roja. La corbata era de seda con bordados dorados. —¿Y a quién le importa eso? —preguntó la mula. —A mí. Ese gallo parecía guapo y con clase. ¿Era extranjero? —se interesó una gallina ponedora. —¡Silencio! Dejen hablar al burro, por favor —pidió un perro ovejero.
Y así lo hicieron. El burro continuó.
«Ahora yo, que soy la tortuga del corral, te cuento la historia que le oí decir al burro aquella noche. Presta atención para no perder detalle». Esto dijo el burro:
»Érase una vez un gallo torpe con corbata que llegó a nuestro pueblo cantando una serenata. Tenía los ojos marrones, una cresta roja y llevaba flores en una cesta; tal vez para su abuela, para su hermana o para una amiga coja. Nadie sabe por qué llegó ni de dónde; era un misterio. Unos dicen que vino de Marte en busca de oro, enviado por su líder para robarnos el pienso. Otros afirman que era el novio secreto de una de nuestras amigas gallinas. ¿Es eso cierto?
Al mirar con recelo a las gallinas más jóvenes, consiguió que todas se ruborizaran y suspiraran deseando que así fuera. Continuó, entonces, el burro más burro de todo aquel lugar:
»Ese gallo —perverso o bondadoso, nadie lo sabe— vino solo para tropezar con una piedra, sentir vergüenza y desaparecer. Pues, ¿dónde está a estas alturas? ¿Alguien sabe a dónde fue?
Pasaron unos segundos tensos en los que nadie respondió; todos nos miramos extrañados. De repente, un pájaro carpintero picoteó la mesa para hacerse oír: —Señores, señoras, les deseo a todos una buena comida; cuidado no se atraganten con la avena. En primer lugar, quiero que sepan que ese gallo no cantaba: lloraba. Yo lo escuché desde mi rama y vi cómo caían lágrimas de sus ojos marrones. Tal vez le doliera algo. ¿Alguien le ha preguntado a la piedra que lo hizo caer?
Todos se miraron y se levantaron al unísono. Ya no querían escuchar la versión del burro, que se quedó sentado sobre sus patas traseras. Ahora querían la historia de la piedra, esa que nunca hablaba.
Los animales fueron volando, trotando y corriendo hacia ella. La rodearon y le preguntaron por el gallo de la corbata, la cresta roja y los ojos marrones que lloraba a ritmo de serenata. La piedra recordó el incidente y sonrió. Después, de forma extravagante, habló: —Ese chico debería mirar por dónde anda, siempre le pasa lo mismo. Bueno, lo mismo no, pero sí que le ocurren desgracias. Es un gafe, el pobre. Usa corbata para que nadie note que le faltan tres plumas en el cuello, de cuando se estrelló contra un cristal intentando volar. Nunca aprendió. ¿Nadie lo conoce? —Como nadie respondió, la piedra siguió con su extraño coloquio—: Lleva por aquí tres años ya. Es muy tímido y siempre anda solo. Alguien debería invitarlo a comer. No lloraba, como dijo el carpintero; solo se aclaraba la voz. Por lo visto cogió frío y está algo afónico. —Yo vi sus lágrimas —se oyó por ahí. —¿Cómo dices? ¿Lágrimas? ¡No! Ese chico es fuerte, nunca lo verán llorar. Yo misma vi cómo una de las hijas de los vecinos tiraba trozos de cebolla por la ventana —probablemente porque no le gustaba el sabor— con tan mala suerte de que le cayeron en la cara al pobre gallo. De ahí las lágrimas que vio el carpintero. Vayan a verlo, vive bajando esa calle.
Todos los animales se miraron avergonzados. Creían que la piedra era hostil por reírse de la desgracia del gallo solitario, pero resultó ser la única que se había interesado por su vida. Era su única amiga en el pueblo.
El burro, por su parte, comprendió que debía contarle sus historias disparatadas a aquel gallo. Así que animó a todo el mundo a ir a casa del «gafe» para compartir nuevos disparates. Y así lo hicieron. Desde entonces, el burro tiene con quién hablar y el gallo tiene quién lo proteja. Y todos, por fin, disfrutan con las historias que se cuentan.

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