Historia sobre el color verde

 

LA REBELIÓN DEL VERDE ESPERANZA

La madeja color esperanza. [Ilustración digital de la autora, Esther C. Ramírez Millares]

Una tarde, la madeja de hilo que doña María guardaba en una cesta arrinconada en el segundo piso rodó escaleras abajo. Era de un verde intenso. Doña María la necesitaba para tejer un abrigo a su nieto de cinco años; ese color siempre le evocaba los viajes al extranjero con su difunto esposo. Recordaba los bosques en los que ambos se perdían, los lagos, los valles y las extensas praderas que olían a tierra mojada. Sí, el verde era el color adecuado para su nieto. Verde esperanza. Una esperanza de vida que a ella ya se le antojaba demasiado breve.

Sin embargo, en el caos de la pequeña cesta de mimbre, se había desatado un debate sobre el sentido de la existencia y el resultado fue una fuga hacia la libertad. El ovillo verde se negaba a ser enredado, lazado y cortado; se negaba a formar parte de un todo y a perder un trozo de su ser —ese sobrante que siempre termina desechado—. Prefería rodar escaleras abajo, arriesgando su integridad y su redondez. Estaba dispuesto a enredarse en un nudo imposible antes que cumplir su destino; no le importaba si, tras la caída, lo declaraban inservible y lo arrinconaban de nuevo. Al menos, eso le daría tiempo para trazar un nuevo plan.

La tijera lo llamó cobarde. Le increpó que era incapaz de enfrentarse a su destino, que era un inmaduro y que debía asumir su responsabilidad como hilo de lana. El verde se defendió con orgullo: cobarde es aquel que acepta un destino impuesto y da la espalda a sus propias ilusiones. Una aguja intervino para decir que ella era muy feliz uniendo hilos y telas; que ese era su sino y que no se podían tomar decisiones «a lo loco». Según ella, había que tener un poco de «ojo» y visión de futuro. Un alfiler hizo un llamamiento al orden: había que tratar aquellos temas con cabeza. Su mujer, una alfiletera menos sensata, intentó en vano hacer entrar en razón a la madeja, cuya cabezonería estaba poniendo nerviosa a la tijera, ansiosa por cortar por lo sano y zanjar el asunto.

Mientras tanto, las pequeñas hilachas —aquellos restos que ya habían sido separados de sus ovillos— animaban al verde a coro. Él representaba la esperanza de todos los hilos. No podían permitir más atrocidades; nadie volvería a cortarlos nunca.

Pero el verde no aspiraba a ser el salvador de nadie. Solo quería libertad. Temía ser amarrado a una prenda, temía quedar eternamente entretejido y, sobre todo, temía servir para ser estropeado por un niño. Aquel le parecía un final atroz. Prefería perderse por el salón, rodar por el jardín, desdibujar su forma o enredarse en un árbol. Prefería cualquier cosa antes que regresar a la cesta de costura.

Esa tarde, doña María vio cómo su madeja de hilo verde caía por los escalones sin desmadejarse, manteniendo su forma intacta. El ovillo llegó al rellano y siguió rodando, perfectamente ovillado, hacia la puerta.

Era increíble. No podía ser. Pero sucedió.