La araña
El cansancio lo había vencido; la música aún sonaba en el jardín, las voces de conversaciones sin sentido y los olores a carne asada y cigarros aún inundaban el aire, pero él no aguantaba más. Estaba mareado y acalorado, necesitaba descansar y apartarse de todo; así, queriendo buscar un poco de paz, acabó en un cuarto oscuro al fondo de aquella gran casa.
Se sentó en una cama de edredón rojo, junto a una perra que lo miraba exhausta después de un duro día de fiesta. Ella tampoco se sentía bien, quizás por el elevado sonido de la música, quizás por el excesivo olor a humo o por los pisotones que se había llevado. La acarició y ella emitió un leve rugido como un aviso para que la dejaran tranquila. Él la dejó dormir. Se acostó, pero la cama era muy blanda y no conseguía encontrar una postura cómoda, por lo que se movió varias veces antes de perder la paciencia y levantarse disgustado.
Algo le inquietaba, aunque aún no sabía qué. En el espejo del fondo veía una imagen extraña, un hombre de facciones relajadas lo miraba desde el otro lado ojeroso y arrugado. Quiso entablar una conversación sobre el rojo de aquellos ojos que en otra vida fueron marrones y todo quedó sin respuesta. La boca le sabía a colillas y su voz era ronca. Se apoyó en un escritorio que se veía gris por la escasa luz que iluminaba el cuarto y tiró una lámpara de mesa. El metal resonó entre las cuatro paredes del habitáculo y la perra rugió de nuevo incómoda. A pesar de la oscuridad que inundaba el cuarto, pudo ver un peluche de el rey león que lo miraba con ojos vacíos y tuvo ganas de arrancarlo de la cama y sacarlo del cuarto a patadas. Volvió a sentarse sobre el colchón donde deseaba dormir durante una eternidad y se dio cuenta de que olía a pies; vio sus zapatos tirados de mala manera en medio de la habitación, debería ducharse pero no tenía ninguna gana y probablemente se resbalaría. La perra volvió a rugir, casi a ritmo de la música.
Poco a poco el cuarto fue cobrando vida, únicamente iluminado por una ligera luz que provenía de la calle. El armario blanco empezaba a vibrar con un hormigueo extraño y era cada vez más gris. El hombre del espejo se había disipado a la vez que él se había sentado en la cama. Las imágenes de los cuadros que colgaban de la pared celeste parecían contar una historia de navegantes extraviados en mundos inimaginables. El pelo de la alfombra se estremecía con el aire que entraba de la ventana y las cortinas bailaban produciendo un coro que en otra ocasión pudo haberle resultado perfecto para la música de fondo. Todo se había llenando de una vida inquietante e inexistente.
Le dolía hasta el respirar interrumpido por una tos productiva. La garganta le quemaba y acabó fijándose en aquel animal de seis patas que lo observaba desde el techo. Lo que en otro momento iluminaba el cuarto, ahora parecía llenarlo de un halo tenebroso y lúgubre. La araña de hierro parecía bajar cada vez más y era, a sus ojos, cada vez mayor. Sus extremidades parecían moverse al ritmo de esa música de la que él intentaba refugiarse, eran como zarpas de otro mundo que dibujaban circunferencias en la sombra amarillenta de la habitación y sólo parecían interrumpir su balanceo con el leve sonido de los coches como el compás básico de una noche de verano típica en aquel lugar.
Se recostó sobre los cojines de la cama, apartando algunos peluches. El animal metálico parecía bajar cada vez más y sus patas se hacían cada vez más largas. Era como un insecto infernal movido por acordes inconexos de voces, coches y melodías descargadas en un ordenador. La perra roncaba y él se sentía cada vez más solo. El cuarto cada vez parecía más oscuro y la araña seguía bajando. Empezó a dolerle el pecho y el brazo izquierdo mientras pensaba en su madre y en sus hermanos. Las patas, que antes colgaban del centro del techo, ahora lo atrapaban como si devoraran una presa enorme. Intentó toser y no pudo, tenía la garganta taponada de un líquido ácido que le subía desde el estómago. Quiso hablar y gritar pero le fue imposible, una marea amarilla le llenaba la boca y le paralizaba las cuerdas vocales.
La perra se levantó de la cama, sorteándolo y salió del cuarto con el rabo entre las patas.
