REFLEXIÓN SOBRE LOS SENTIMIENTOS



Google Gemini. (2026). Ilustración en acuarela de una niña siendo consolada. [Imagen generada por IA].



LA PATALETA


Palabras me pides, exiges.

mas ninguna tengo.

No puedo, lo siento. 

Tú no comprendes. 


Lloro y grito, te alejo. 

¡Que no quiero!

Enrojezco de rabia. Me quejo. 

¡Que no quiero!


En el pecho doliente,

un quiste del alma,

un fuego ardiente. 

Y tú me pides calma. 


Lloro y grito, te alejo. 

¡Que no quiero!

Enrojezco de rabia. Me quejo. 

¡Que no quiero!


¿Qué pasa? Preguntas.

¡Vete! ¡No vengas!

Un fuego en las venas

por el iris asoma. 


Lloro y grito, te alejo. 

¡Que no quiero!

Enrojezco de rabia. Me quejo. 

¡Que no quiero!


Y tú pides calma. 

No puedo, no sale. 

Se encorva mi espalda. 

La angustia se expande. 


Empujo tu pecho. Duele.

Respiro. ¡Quita!

No sueltas. 

Siento tu pecho caliente. 


No me sueltes. 

Respiro. 

No me dejes. 

Me duermo. 



Las pataletas

Esther Cecilia Ramírez Millares



¿Te suena esta situación?

Si tu respuesta es NO, me pregunto yo si es que eres un ser no sintiente o si te mientes a tí misma. 

Si tu respuesta es SÍ, claro, mujer, hombre o arcoíris, es lo más normal. 


Hoy, cuando lo normal ya no es normal, vuelvo a pensar en lo básico, en la necesidad primera de contacto humano, una necesidad que en la cultura occidental hemos obviado durante muchos años porque hay que ser fuerte, hay que estar preparados para lo peor. ¿Y qué es peor que la ausencia?


Déjame, estoy trabajando


 En esos momentos en que sientes que estás sola, en que nadie te puede escuchar, en que te mandan a otro lugar para no oírte, sientes que pierdes el mundo.


  Déjame, estoy trabajando

 

En esos momentos en los que cambias de lugar, en los que tu círculo se vuelve recto, en los que sabes que no volverás a donde estabas, sientes que ya no estás en tu cuerpo. 


 Déjame, estoy trabajando


En esos momentos en los que no sabemos qué nos pasa, en los que gritamos porque hay algo dentro de nosotros que nos quema, en los que nuestra piel nos aprisiona, y por fin alguien te ve:


Ven, cuéntame qué te pasa


Y nos damos cuenta de que no es lo que nos pasa sino lo que no nos pasa. 

    Me pasa tu ausencia. 

Todos necesitamos una mano cercana, un brazo, un pecho donde refugiarnos hasta que el fuego se extingue.

    Y no le sucede exclusivamente a los niños. 

    Recuerda esa vez que te enfadaste muchísimo por una tontería. 

    Recuerda la vez que exigiste más de lo que el otro podía darte. 

    Todos pasamos por esto alguna vez. Somos animales, no máquinas. 


La exigencia de la sociedad actual, el ajetreo diario, la falta de conexión con los demás y con nuestro entorno o la falta de objetivos alcanzables. Son la causa más común de estas pataletas que están lejos ya de ser puramente infantiles.  

Volvamos a lo básico. 

Volvamos a los abrazos. 


Ejercicio de imaginación: El mundo nuevo. Una nueva historia de la humanidad

Google Gemini. (2025). Ilustración en acuarela de un humano andando por el barro. [Imagen generada por IA].


Este puede ser el principio de una historia. 

¿Cómo continúa? Cada uno que imagine lo que quiera. 

Era mediodía. La hierba se alzaba verde esmeralda, brillando bajo la luz natural. Olía a estanque; por alguna parte tendría que haber agua. Y quizás ranas. Sería maravilloso que hubiera ranas. ¿Te imaginas?, pensó. El barro era algo diferente allí, donde nadie había estado antes; una greda amarilla o cobriza que abrazaba sus botas de plástico. Caminó unos metros. El sonido de su ropa impermeable estropeaba la música de aquel espacio desconocido. El principio del fin: todo termina aquí, plástico sobre barro virgen.

Seguía oliendo a estanque. Conocía bien ese olor; había vivido toda su vida junto a los invernaderos, cerca de los estanques Humanity. Pero, por más que miraba, no conseguía ver nada más que barro y hierba. Una hierba bastante alta, por cierto: le llegaba casi a la boca. Se parecía mucho al césped que ella había conocido, pero de un tamaño inmenso. Apartó una hoja de su cara descubierta y tomó aire sin dificultad, lo que la alegró muchísimo. Bien, pero ¿dónde está el agua?

Miró a lo alto buscando el cielo o alguna señal de aves. Si hay plantas hay agua; si hay agua, habrá aves con sed. Las aves saben a dónde ir. Tuvo que bajar la vista de nuevo al barro amarillento. Los dos soles estaban en lo más alto, lo suficientemente lejos para no quemar, pero lo bastante cerca para dañar la vista. Volvió a caminar.

Tras avanzar sin rumbo, apareció una gran roca oscura, negra. Era tan grande que podría haber sido un muro. Con la idea de rodearla, siguió andando. Dejó atrás la hierba y el suelo se volvió duro. La pared rocosa parecía no tener fin.

Al llegar al borde, el suelo presentó brillos. —¡Agua! —gritó, antes de echar a correr.

Se resbaló. La pared había quedado atrás y ahora el suelo era de laja mojada. Miró al frente: metros y metros de piedra pulida. El agua estaba allá, a lo lejos. Se levantó y miró hacia atrás. El conjunto de humanos que salía de la nave era una masa caótica; se movían descontrolados, cada uno buscando su camino, maravillados.

Hay que organizarse, decidió.

Volvió con ellos. Nadie llegaría al agua solo. ¿Y si hay depredadores? ¿Cuánto dura un día aquí? ¿Anochecerá pronto? Para avanzar, debían elaborar un plan. Decidieron refugiarse en la nave unos días. ¿Qué son unos pocos días después de ochenta años?

Fue un joven el que desapareció la primera jornada, harto de esperar. Deseoso de explorar, se alejó del grupo y nadie más lo volvió a ver. Durante las siguientes jornadas se perdieron cuatro mujeres, tres niños y diez hombres. Comprendieron entonces que sí había depredadores. Muchos se escondieron en la nave y no volvieron a salir. Otros, divididos en grupos, siguieron buscando el agua durante los días de veintisiete horas. Por las noches, en cambio, se quedaban quietos, abrazados unos a otros para no perder el calor ni la vida, escondidos entre las grietas de la laja o trepando a los enormes árboles del oeste.

El número de desaparecidos crecía cada noche. El temor a lo invisible aumentaba, igual que la sed. Tendremos que volver todos a la nave si no encontramos agua pronto, pensó ella mientras vigilaba las sombras. Tendremos que volver a empezar.

[Intenta imaginar lo que viene después.]

Un relato de misterio: La sombra

 




La sombra



Imagen de la autora, E.C. Ramírez Millares.

Se despertó molida; le dolía el pecho. Estaba en el cuarto de la televisión; se había quedado dormida viendo La guardia del Necronomicón, una serie basada en los relatos de H.P. Lovecraft. Se incorporó y permaneció sentada en el sofá mientras abría los ojos con lentitud, sintiendo los párpados más pesados de lo normal.

En la pantalla, la serie continuaba: un pulpo gigantesco emergía de un mar embravecido en mitad de una noche tenebrosa, engullendo un velero de madera de la época en que las carabelas surcaban los mares. No parecía haberse perdido mucho.

«¿Realmente me he dormido? ¿Me habré desmayado?», pensó.

Entonces lo sintió de nuevo. Mientras el barco de la pantalla quedaba reducido a tablones flotantes, ella se agarró el pecho con fuerza. Todo su cuerpo se tensó, como si hubiera recibido un latigazo desde el interior. El dolor era insoportable; sentía ganas de arrancarse la piel a tiras. Con la mano derecha arañando el costado izquierdo de su pecho, aún sentada en el sofá de polipiel, dirigió la vista hacia la ventana abierta. Además del espantoso dolor, sentía frío, pero era incapaz de distinguir si temblaba por uno o por otro.

«¿La abrí yo?», dudó. No lo recordaba. «Juraría que la dejé cerrada antes de encender la televisión», pensó mientras se levantaba con dificultad debido a la rigidez de sus extremidades.

Sujetó la cortina, que ondeaba enloquecida, para atarla al cordel del lateral y, una vez amarrada, se dispuso a cerrar el cristal. Algo la frenó. De nuevo, aquel dolor punzante. Soltó un grito justo cuando una fuerte ráfaga de aire entró en la estancia, empujando la hoja de la ventana contra la pared. El cristal estalló y los fragmentos salieron disparados como una nevada cortante. Le hirieron las piernas, los brazos, el pecho, el cuello e incluso los ojos. Por unos instantes quedó ciega; solo alcanzaba a ver el rojo de su propia sangre. Se desplomó en el suelo en un intento de protegerse. El dolor aumentaba, el rojo se volvía más denso y el frío era ya glacial.

Cuando empezó a creer que no saldría de aquella, todo se detuvo: el dolor, el frío, la hemorragia y la ceguera. Extrañada, miró hacia la ventana abierta. Había algo allí fuera. Una sombra. Una figura oscura y sin rostro que se acercaba flotando. La silueta alcanzó el marco de la ventana. Curiosamente, dada la situación, la protagonista no sentía miedo alguno.

«¿Quién eres?», pensó. No pronunció palabra; sabía que no hacía falta. «¿Qué eres?», se corrigió.

La figura ya estaba junto a ella, a un roce de distancia. Quiso gritar, pero la voz no acudió a su garganta. Quiso levantarse, pero su cuerpo pesaba más que un coche. Incapaz de mover un solo dedo, se quedó mirando a la sombra, preguntándose a dónde se habían ido su dolor y su sangre.

Aún de rodillas, sintió cómo aquella cosa alargaba una extremidad —no podía llamarse brazo, pues era solo una masa negra— y la tocaba. «¿Realmente me ha tocado?». No sentía nada. Se encogió en posición fetal mientras escuchaba su propia respiración entrecortada. «Este es el fin. Me voy a morir».

La sombra se cernió sobre ella, apretando cada centímetro de su masa oscura contra su cuerpo. La entidad comenzó a filtrarse por sus poros, mezclándose con ella hasta que ambos seres fueron uno. Ella volvió a sentir, percibiendo cómo la oscuridad se apoderaba hasta de su último átomo. Se transformó hasta perder el control de su propia mente.

«Esta no soy yo», fue su último pensamiento. Y era cierto: ya no era ella. Era otra cosa.

La figura humana que yacía en el suelo se levantó ágilmente, como si no tuviera un solo corte. Se extrajo los cristales de las piernas y el pecho; las heridas cerraron en segundos. La sangre desapareció y las manchas se borraron. Se fijó en la televisión, el único punto de luz. El pulpo gigante se alejaba en el horizonte, dejando atrás los restos de lo que un día fue un barco. La figura tomó el mando y apagó el aparato. Se giró y escudriñó la oscuridad hasta ver el brillo de una consola antigua: una estructura bañada en oro y mármol con un espejo a juego. Se acercó y se miró. El cuerpo estaba en perfecto estado. Lo único que había cambiado eran los ojos: ya no eran verdes, sino negros y densos como el alquitrán.

Esbozó una sonrisa perfecta, de anuncio, mientras un eco lejano de una risotada malévola resonaba como si procediera de un equipo de sonido a kilómetros de allí. El eco la acompañó mientras abandonaba la casa sin encender las luces. Al abrir la puerta principal, se encontró con el aire de la noche; lo que antes era frío, ahora no la afectaba. Sin abrigarse, comenzó a caminar hasta perderse entre las casas unifamiliares de la comunidad.

Desde entonces, la casa permanece en silencio, vacía. Aún hoy hay quien se aventura a visitarla con intención de comprarla, pero todos se marchan para no volver. Algo oculto en las paredes, o quizás impregnado en el tejido del sillón y las cortinas, espanta a los compradores. Incluso los agentes inmobiliarios sienten recelo al cruzar el umbral. Nadie sabe qué fue de la propietaria, y nadie lo sabrá jamás.



Cuento corto: El maníaco de los nudos.



El maniaco de los nudos

El maníaco de los nudos. [imagen creada por IA] 


   Amaneció un día de verano de cielo amarillento y aire pesado. El dormitorio —un espacio de tres por cuatro en un tercer piso a las afueras de una gran ciudad— estaba cerrado y olía a sudor. Era ya cerca del mediodía cuando los rayos de sol se colaron por los pequeños agujeros de la persiana, dándole de lleno en la cara. Él se revolvió, molesto. No había dormido lo suficiente; siempre lo mismo, nunca descansaba. Era adicto a estar despierto. Disfrutaba saliendo con sus amigos de noche y regresando a casa por la mañana. Muchos decían que era un amigo de verdad, de esos que no te abandonan, con los que puedes contar para todo; y era cierto: nunca decía que no a nada. Fuera a donde fuesen, allí iba él, sin dudarlo ni meditarlo un segundo. «La vida es corta», decía cada vez que alguien le sugería que se fuera a casa a dormir.

Aquel día —o más bien aquella tarde amarillenta— se despertó malhumorado, como siempre que el sol le impedía seguir durmiendo. Se sentó en la cama; estaba medio desnudo y sudaba como si llevara puesto un plumón. Se calzó las zapatillas, salió al pasillo y entró en el cuarto de baño para ducharse. Al salir, se puso el albornoz y se lo anudó. Entonces sintió una sensación placentera, tan fuerte como si hubiese encontrado el sentido de la vida. El nudo perfecto. Se miró al espejo y el reflejo le habló claro: tenía que hacer más nudos.

Corrió a vestirse con el único propósito de anudar los cordones de sus zapatos. Una vez hecho esto, entró en la cocina, donde su novia almorzaba. Ella lo miró con cara de pocos amigos, o con cara de «qué-horas-son-estas». Él agradeció en silencio tener a una persona tan maravillosa a su lado, aunque sabía que no duraría; aquella relación se acabaría en cuanto ella se cansase de esperarlo. No la culpaba: a veces no se aguantaba ni él. Entonces, se fijó en que ella llevaba un lazo en el pelo, mal hecho.

—Espera, te lo arreglo —dijo.

Ante la mirada de asombro de la muchacha, él se colocó detrás de su silla y empezó a tensar el lazo. Cuando hubo terminado, le preguntó si necesitaba que le atase algo más. Obviamente, ella dijo que no. Quiso saber por qué lo hacía. «Porque me gusta. Nada más». No pudo explicarle por qué ese día sintió la urgencia de amarrarle el lazo. Como tampoco pudo explicarle por qué corrió al pequeño despacho, abrió el armario de la costura, cogió la lata de galletas llena de cordones, la vació con rapidez y empezó a anudar todo lo que encontró.

Desde entonces no paró. Ella, como era de esperar, lo abandonó.

Él dejó de salir para quedarse en casa buscando información sobre nudos en internet. El tema era apasionante: existían infinidad de nudos, todos diferentes. Anudó el cable del teléfono, los de las lámparas de noche, los flecos de la alfombra; incluso se dejó crecer la barba y el pelo para intentar anudarse los mechones.

—¿Por qué lo haces? —preguntó su psicólogo. —Lo hago porque me gusta, me relaja. —Dice tu novia que has estropeado el cable del teléfono. —Exnovia. Y sigue funcionando, ¿no? Tampoco es para tanto, solo hice unos cuantos nudos. —¿Estás estresado? ¿Trabajas demasiado? ¿Duermes bien? —¿Toma usted café por las mañanas? —preguntó el anudador, intentando desviar la atención. —Sí. —¿Y por qué lo hace? ¿Se siente cansado y sin fuerzas? Quizá esté triste por algo. O quizá le haga falta tomar vitaminas. ¿Fuma usted? —Sí, pero no ha venido aquí a hablar de mí. —¿Lo hace porque el café le produce estrés? —volvió a preguntar el paciente. —No. Es un vicio, lo hago sin más, porque me apetece. Debo dejarlo, pero me cuesta. ¿Le cuesta a usted dejar de hacer nudos? —Ni me cuesta ni me deja de costar. Solo me apetece y lo hago. No me he propuesto dejarlo porque no hago daño a nadie. Usted, sin embargo, se está fastidiando los pulmones y su sistema circulatorio. ¿No se lo había dicho nadie? En las cajas de tabaco lo pone bien claro: fumar mata. —Y no dormir también. ¿Descansa usted bien? Tiene a su novia asustada. —Exnovia. Descanso mejor que nunca. Ya no trasnocho y he dejado los vicios. Solo hago nudos. Como quien hace puzles o pinta cuadros. ¿Usted pinta? Espere... lleva un cordón desatado.

Se agachó a amarrárselo mientras le explicaba lo bien que se sentía.

—Los nudos me han cambiado la vida —afirmaba—. Ahora paso más tiempo con los míos, disfruto más de los días soleados y me ha dejado de doler la cabeza. Mi ropa ya no huele a humo y se me cae menos el pelo. Ya no tengo ojeras ni ronco. ¿Qué hay de malo en hacer nudos?

El psicólogo no tenía muchos argumentos. Debía estudiar el caso.

—¿Habla usted a menudo con sus amigos y familiares? —preguntó tras una pausa. —Hablo con mis verdaderos amigos, sí. Los demás no me interesan. ¿Tiene usted alguna cuerda...? ¿No? Está bien, me aguantaré. Oiga, no hago daño a nadie, solo quiero hacer nudos. Nada más.

Diciendo esto, se enredaba un mechón de pelo en el dedo índice. El doctor lo miraba. Realmente creía que necesitaba ayuda, pero a la vez le entraban unas ganas terribles de fumar. Aquel enfermo, con ese dedo enredado en su melena despeinada, lo ponía nervioso. Solo el tabaco lo relajaba en esos casos. Empezó a dar golpecitos con la pierna en el suelo. Era un acto inconsciente; no podía evitarlo. Carraspeó y se cruzó de brazos para evitar llevarse el bolígrafo a la boca. No podía permitir que aquel desquiciado notara su nerviosismo.

Pero ¿qué hacía ahora con el pelo? Se estaba haciendo una trenza. La deshacía y se la volvía a hacer. «¿Pero qué hace este condenado?», pensó el médico. No aguantaba más verle.

—Bueno, si quieres, mañana seguimos. Reflexiona sobre por qué te entusiasma tanto esto y por qué tu exnovia quiso que vinieras. Mañana seguimos, ¿de acuerdo?

Así se despidió. Seguidamente, salió como alma que lleva el diablo al patio. Tenía que fumar. Mientras aspiraba las caladas, paseaba por el jardín pensando en los vicios que habían acompañado una vida entera dedicada a la mente humana. Sus pulmones no le permitían hacer el deporte que su cuerpo demandaba. El colesterol y el sobrepeso lo acechaban. Miró su colilla un momento y la tiró a la papelera. Tal vez...

El psicólogo subió las escaleras lo más rápido que pudo y se encerró en su consulta. Se sentó ante el escritorio, abrió el primer cajón y sacó una caja de elásticos. La abrió, los esparció sobre la mesa y, uno a uno, los fue cortando. Una vez convertidos en pequeñas cuerdas, empezó a anudar. Poco a poco, el estrés lo abandonó y una amplia sonrisa se dibujó en su cara.