El maniaco de los nudos
El maníaco de los nudos. [imagen creada por IA]
Amaneció un día de verano de cielo amarillento y aire pesado. El dormitorio —un espacio de tres por cuatro en un tercer piso a las afueras de una gran ciudad— estaba cerrado y olía a sudor. Era ya cerca del mediodía cuando los rayos de sol se colaron por los pequeños agujeros de la persiana, dándole de lleno en la cara. Él se revolvió, molesto. No había dormido lo suficiente; siempre lo mismo, nunca descansaba. Era adicto a estar despierto. Disfrutaba saliendo con sus amigos de noche y regresando a casa por la mañana. Muchos decían que era un amigo de verdad, de esos que no te abandonan, con los que puedes contar para todo; y era cierto: nunca decía que no a nada. Fuera a donde fuesen, allí iba él, sin dudarlo ni meditarlo un segundo. «La vida es corta», decía cada vez que alguien le sugería que se fuera a casa a dormir.
Aquel día —o más bien aquella tarde amarillenta— se despertó malhumorado, como siempre que el sol le impedía seguir durmiendo. Se sentó en la cama; estaba medio desnudo y sudaba como si llevara puesto un plumón. Se calzó las zapatillas, salió al pasillo y entró en el cuarto de baño para ducharse. Al salir, se puso el albornoz y se lo anudó. Entonces sintió una sensación placentera, tan fuerte como si hubiese encontrado el sentido de la vida. El nudo perfecto. Se miró al espejo y el reflejo le habló claro: tenía que hacer más nudos.
Corrió a vestirse con el único propósito de anudar los cordones de sus zapatos. Una vez hecho esto, entró en la cocina, donde su novia almorzaba. Ella lo miró con cara de pocos amigos, o con cara de «qué-horas-son-estas». Él agradeció en silencio tener a una persona tan maravillosa a su lado, aunque sabía que no duraría; aquella relación se acabaría en cuanto ella se cansase de esperarlo. No la culpaba: a veces no se aguantaba ni él. Entonces, se fijó en que ella llevaba un lazo en el pelo, mal hecho.
—Espera, te lo arreglo —dijo.
Ante la mirada de asombro de la muchacha, él se colocó detrás de su silla y empezó a tensar el lazo. Cuando hubo terminado, le preguntó si necesitaba que le atase algo más. Obviamente, ella dijo que no. Quiso saber por qué lo hacía. «Porque me gusta. Nada más». No pudo explicarle por qué ese día sintió la urgencia de amarrarle el lazo. Como tampoco pudo explicarle por qué corrió al pequeño despacho, abrió el armario de la costura, cogió la lata de galletas llena de cordones, la vació con rapidez y empezó a anudar todo lo que encontró.
Desde entonces no paró. Ella, como era de esperar, lo abandonó.
Él dejó de salir para quedarse en casa buscando información sobre nudos en internet. El tema era apasionante: existían infinidad de nudos, todos diferentes. Anudó el cable del teléfono, los de las lámparas de noche, los flecos de la alfombra; incluso se dejó crecer la barba y el pelo para intentar anudarse los mechones.
—¿Por qué lo haces? —preguntó su psicólogo.
—Lo hago porque me gusta, me relaja.
—Dice tu novia que has estropeado el cable del teléfono.
—Exnovia. Y sigue funcionando, ¿no? Tampoco es para tanto, solo hice unos cuantos nudos.
—¿Estás estresado? ¿Trabajas demasiado? ¿Duermes bien?
—¿Toma usted café por las mañanas? —preguntó el anudador, intentando desviar la atención.
—Sí.
—¿Y por qué lo hace? ¿Se siente cansado y sin fuerzas? Quizá esté triste por algo. O quizá le haga falta tomar vitaminas. ¿Fuma usted?
—Sí, pero no ha venido aquí a hablar de mí.
—¿Lo hace porque el café le produce estrés? —volvió a preguntar el paciente.
—No. Es un vicio, lo hago sin más, porque me apetece. Debo dejarlo, pero me cuesta. ¿Le cuesta a usted dejar de hacer nudos?
—Ni me cuesta ni me deja de costar. Solo me apetece y lo hago. No me he propuesto dejarlo porque no hago daño a nadie. Usted, sin embargo, se está fastidiando los pulmones y su sistema circulatorio. ¿No se lo había dicho nadie? En las cajas de tabaco lo pone bien claro: fumar mata.
—Y no dormir también. ¿Descansa usted bien? Tiene a su novia asustada.
—Exnovia. Descanso mejor que nunca. Ya no trasnocho y he dejado los vicios. Solo hago nudos. Como quien hace puzles o pinta cuadros. ¿Usted pinta? Espere... lleva un cordón desatado.
Se agachó a amarrárselo mientras le explicaba lo bien que se sentía.
—Los nudos me han cambiado la vida —afirmaba—. Ahora paso más tiempo con los míos, disfruto más de los días soleados y me ha dejado de doler la cabeza. Mi ropa ya no huele a humo y se me cae menos el pelo. Ya no tengo ojeras ni ronco. ¿Qué hay de malo en hacer nudos?
El psicólogo no tenía muchos argumentos. Debía estudiar el caso.
—¿Habla usted a menudo con sus amigos y familiares? —preguntó tras una pausa.
—Hablo con mis verdaderos amigos, sí. Los demás no me interesan. ¿Tiene usted alguna cuerda...? ¿No? Está bien, me aguantaré. Oiga, no hago daño a nadie, solo quiero hacer nudos. Nada más.
Diciendo esto, se enredaba un mechón de pelo en el dedo índice. El doctor lo miraba. Realmente creía que necesitaba ayuda, pero a la vez le entraban unas ganas terribles de fumar. Aquel enfermo, con ese dedo enredado en su melena despeinada, lo ponía nervioso. Solo el tabaco lo relajaba en esos casos. Empezó a dar golpecitos con la pierna en el suelo. Era un acto inconsciente; no podía evitarlo. Carraspeó y se cruzó de brazos para evitar llevarse el bolígrafo a la boca. No podía permitir que aquel desquiciado notara su nerviosismo.
Pero ¿qué hacía ahora con el pelo? Se estaba haciendo una trenza. La deshacía y se la volvía a hacer. «¿Pero qué hace este condenado?», pensó el médico. No aguantaba más verle.
—Bueno, si quieres, mañana seguimos. Reflexiona sobre por qué te entusiasma tanto esto y por qué tu exnovia quiso que vinieras. Mañana seguimos, ¿de acuerdo?
Así se despidió. Seguidamente, salió como alma que lleva el diablo al patio. Tenía que fumar. Mientras aspiraba las caladas, paseaba por el jardín pensando en los vicios que habían acompañado una vida entera dedicada a la mente humana. Sus pulmones no le permitían hacer el deporte que su cuerpo demandaba. El colesterol y el sobrepeso lo acechaban. Miró su colilla un momento y la tiró a la papelera. Tal vez...
El psicólogo subió las escaleras lo más rápido que pudo y se encerró en su consulta. Se sentó ante el escritorio, abrió el primer cajón y sacó una caja de elásticos. La abrió, los esparció sobre la mesa y, uno a uno, los fue cortando. Una vez convertidos en pequeñas cuerdas, empezó a anudar. Poco a poco, el estrés lo abandonó y una amplia sonrisa se dibujó en su cara.