Un relato de misterio: La sombra

 




La sombra



Imagen de la autora, E.C. Ramírez Millares.

Se despertó molida; le dolía el pecho. Estaba en el cuarto de la televisión; se había quedado dormida viendo La guardia del Necronomicón, una serie basada en los relatos de H.P. Lovecraft. Se incorporó y permaneció sentada en el sofá mientras abría los ojos con lentitud, sintiendo los párpados más pesados de lo normal.

En la pantalla, la serie continuaba: un pulpo gigantesco emergía de un mar embravecido en mitad de una noche tenebrosa, engullendo un velero de madera de la época en que las carabelas surcaban los mares. No parecía haberse perdido mucho.

«¿Realmente me he dormido? ¿Me habré desmayado?», pensó.

Entonces lo sintió de nuevo. Mientras el barco de la pantalla quedaba reducido a tablones flotantes, ella se agarró el pecho con fuerza. Todo su cuerpo se tensó, como si hubiera recibido un latigazo desde el interior. El dolor era insoportable; sentía ganas de arrancarse la piel a tiras. Con la mano derecha arañando el costado izquierdo de su pecho, aún sentada en el sofá de polipiel, dirigió la vista hacia la ventana abierta. Además del espantoso dolor, sentía frío, pero era incapaz de distinguir si temblaba por uno o por otro.

«¿La abrí yo?», dudó. No lo recordaba. «Juraría que la dejé cerrada antes de encender la televisión», pensó mientras se levantaba con dificultad debido a la rigidez de sus extremidades.

Sujetó la cortina, que ondeaba enloquecida, para atarla al cordel del lateral y, una vez amarrada, se dispuso a cerrar el cristal. Algo la frenó. De nuevo, aquel dolor punzante. Soltó un grito justo cuando una fuerte ráfaga de aire entró en la estancia, empujando la hoja de la ventana contra la pared. El cristal estalló y los fragmentos salieron disparados como una nevada cortante. Le hirieron las piernas, los brazos, el pecho, el cuello e incluso los ojos. Por unos instantes quedó ciega; solo alcanzaba a ver el rojo de su propia sangre. Se desplomó en el suelo en un intento de protegerse. El dolor aumentaba, el rojo se volvía más denso y el frío era ya glacial.

Cuando empezó a creer que no saldría de aquella, todo se detuvo: el dolor, el frío, la hemorragia y la ceguera. Extrañada, miró hacia la ventana abierta. Había algo allí fuera. Una sombra. Una figura oscura y sin rostro que se acercaba flotando. La silueta alcanzó el marco de la ventana. Curiosamente, dada la situación, la protagonista no sentía miedo alguno.

«¿Quién eres?», pensó. No pronunció palabra; sabía que no hacía falta. «¿Qué eres?», se corrigió.

La figura ya estaba junto a ella, a un roce de distancia. Quiso gritar, pero la voz no acudió a su garganta. Quiso levantarse, pero su cuerpo pesaba más que un coche. Incapaz de mover un solo dedo, se quedó mirando a la sombra, preguntándose a dónde se habían ido su dolor y su sangre.

Aún de rodillas, sintió cómo aquella cosa alargaba una extremidad —no podía llamarse brazo, pues era solo una masa negra— y la tocaba. «¿Realmente me ha tocado?». No sentía nada. Se encogió en posición fetal mientras escuchaba su propia respiración entrecortada. «Este es el fin. Me voy a morir».

La sombra se cernió sobre ella, apretando cada centímetro de su masa oscura contra su cuerpo. La entidad comenzó a filtrarse por sus poros, mezclándose con ella hasta que ambos seres fueron uno. Ella volvió a sentir, percibiendo cómo la oscuridad se apoderaba hasta de su último átomo. Se transformó hasta perder el control de su propia mente.

«Esta no soy yo», fue su último pensamiento. Y era cierto: ya no era ella. Era otra cosa.

La figura humana que yacía en el suelo se levantó ágilmente, como si no tuviera un solo corte. Se extrajo los cristales de las piernas y el pecho; las heridas cerraron en segundos. La sangre desapareció y las manchas se borraron. Se fijó en la televisión, el único punto de luz. El pulpo gigante se alejaba en el horizonte, dejando atrás los restos de lo que un día fue un barco. La figura tomó el mando y apagó el aparato. Se giró y escudriñó la oscuridad hasta ver el brillo de una consola antigua: una estructura bañada en oro y mármol con un espejo a juego. Se acercó y se miró. El cuerpo estaba en perfecto estado. Lo único que había cambiado eran los ojos: ya no eran verdes, sino negros y densos como el alquitrán.

Esbozó una sonrisa perfecta, de anuncio, mientras un eco lejano de una risotada malévola resonaba como si procediera de un equipo de sonido a kilómetros de allí. El eco la acompañó mientras abandonaba la casa sin encender las luces. Al abrir la puerta principal, se encontró con el aire de la noche; lo que antes era frío, ahora no la afectaba. Sin abrigarse, comenzó a caminar hasta perderse entre las casas unifamiliares de la comunidad.

Desde entonces, la casa permanece en silencio, vacía. Aún hoy hay quien se aventura a visitarla con intención de comprarla, pero todos se marchan para no volver. Algo oculto en las paredes, o quizás impregnado en el tejido del sillón y las cortinas, espanta a los compradores. Incluso los agentes inmobiliarios sienten recelo al cruzar el umbral. Nadie sabe qué fue de la propietaria, y nadie lo sabrá jamás.



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