Este puede ser el principio de una historia.
¿Cómo continúa? Cada uno que imagine lo que quiera.
Era mediodía. La hierba se alzaba verde esmeralda, brillando bajo la luz natural. Olía a estanque; por alguna parte tendría que haber agua. Y quizás ranas. Sería maravilloso que hubiera ranas. ¿Te imaginas?, pensó. El barro era algo diferente allí, donde nadie había estado antes; una greda amarilla o cobriza que abrazaba sus botas de plástico. Caminó unos metros. El sonido de su ropa impermeable estropeaba la música de aquel espacio desconocido. El principio del fin: todo termina aquí, plástico sobre barro virgen.
Seguía oliendo a estanque. Conocía bien ese olor; había vivido toda su vida junto a los invernaderos, cerca de los estanques Humanity. Pero, por más que miraba, no conseguía ver nada más que barro y hierba. Una hierba bastante alta, por cierto: le llegaba casi a la boca. Se parecía mucho al césped que ella había conocido, pero de un tamaño inmenso. Apartó una hoja de su cara descubierta y tomó aire sin dificultad, lo que la alegró muchísimo. Bien, pero ¿dónde está el agua?
Miró a lo alto buscando el cielo o alguna señal de aves. Si hay plantas hay agua; si hay agua, habrá aves con sed. Las aves saben a dónde ir. Tuvo que bajar la vista de nuevo al barro amarillento. Los dos soles estaban en lo más alto, lo suficientemente lejos para no quemar, pero lo bastante cerca para dañar la vista. Volvió a caminar.
Tras avanzar sin rumbo, apareció una gran roca oscura, negra. Era tan grande que podría haber sido un muro. Con la idea de rodearla, siguió andando. Dejó atrás la hierba y el suelo se volvió duro. La pared rocosa parecía no tener fin.
Al llegar al borde, el suelo presentó brillos. —¡Agua! —gritó, antes de echar a correr.
Se resbaló. La pared había quedado atrás y ahora el suelo era de laja mojada. Miró al frente: metros y metros de piedra pulida. El agua estaba allá, a lo lejos. Se levantó y miró hacia atrás. El conjunto de humanos que salía de la nave era una masa caótica; se movían descontrolados, cada uno buscando su camino, maravillados.
Hay que organizarse, decidió.
Volvió con ellos. Nadie llegaría al agua solo. ¿Y si hay depredadores? ¿Cuánto dura un día aquí? ¿Anochecerá pronto? Para avanzar, debían elaborar un plan. Decidieron refugiarse en la nave unos días. ¿Qué son unos pocos días después de ochenta años?
Fue un joven el que desapareció la primera jornada, harto de esperar. Deseoso de explorar, se alejó del grupo y nadie más lo volvió a ver. Durante las siguientes jornadas se perdieron cuatro mujeres, tres niños y diez hombres. Comprendieron entonces que sí había depredadores. Muchos se escondieron en la nave y no volvieron a salir. Otros, divididos en grupos, siguieron buscando el agua durante los días de veintisiete horas. Por las noches, en cambio, se quedaban quietos, abrazados unos a otros para no perder el calor ni la vida, escondidos entre las grietas de la laja o trepando a los enormes árboles del oeste.
El número de desaparecidos crecía cada noche. El temor a lo invisible aumentaba, igual que la sed. Tendremos que volver todos a la nave si no encontramos agua pronto, pensó ella mientras vigilaba las sombras. Tendremos que volver a empezar.
[Intenta imaginar lo que viene después.]

No hay comentarios:
Publicar un comentario