LA PATALETA
Palabras me pides, exiges.
mas ninguna tengo.
No puedo, lo siento.
Tú no comprendes.
Lloro y grito, te alejo.
¡Que no quiero!
Enrojezco de rabia. Me quejo.
¡Que no quiero!
En el pecho doliente,
un quiste del alma,
un fuego ardiente.
Y tú me pides calma.
Lloro y grito, te alejo.
¡Que no quiero!
Enrojezco de rabia. Me quejo.
¡Que no quiero!
¿Qué pasa? Preguntas.
¡Vete! ¡No vengas!
Un fuego en las venas
por el iris asoma.
Lloro y grito, te alejo.
¡Que no quiero!
Enrojezco de rabia. Me quejo.
¡Que no quiero!
Y tú pides calma.
No puedo, no sale.
Se encorva mi espalda.
La angustia se expande.
Empujo tu pecho. Duele.
Respiro. ¡Quita!
No sueltas.
Siento tu pecho caliente.
No me sueltes.
Respiro.
No me dejes.
Me duermo.
Las pataletas
Esther Cecilia Ramírez Millares
¿Te suena esta situación?
Si tu respuesta es NO, me pregunto yo si es que eres un ser no sintiente o si te mientes a tí misma.
Si tu respuesta es SÍ, claro, mujer, hombre o arcoíris, es lo más normal.
Hoy, cuando lo normal ya no es normal, vuelvo a pensar en lo básico, en la necesidad primera de contacto humano, una necesidad que en la cultura occidental hemos obviado durante muchos años porque hay que ser fuerte, hay que estar preparados para lo peor. ¿Y qué es peor que la ausencia?
Déjame, estoy trabajando
En esos momentos en que sientes que estás sola, en que nadie te puede escuchar, en que te mandan a otro lugar para no oírte, sientes que pierdes el mundo.
Déjame, estoy trabajando
En esos momentos en los que cambias de lugar, en los que tu círculo se vuelve recto, en los que sabes que no volverás a donde estabas, sientes que ya no estás en tu cuerpo.
Déjame, estoy trabajando
En esos momentos en los que no sabemos qué nos pasa, en los que gritamos porque hay algo dentro de nosotros que nos quema, en los que nuestra piel nos aprisiona, y por fin alguien te ve:
Ven, cuéntame qué te pasa
Y nos damos cuenta de que no es lo que nos pasa sino lo que no nos pasa.
Me pasa tu ausencia.
Todos necesitamos una mano cercana, un brazo, un pecho donde refugiarnos hasta que el fuego se extingue.
Y no le sucede exclusivamente a los niños.
Recuerda esa vez que te enfadaste muchísimo por una tontería.
Recuerda la vez que exigiste más de lo que el otro podía darte.
Todos pasamos por esto alguna vez. Somos animales, no máquinas.
La exigencia de la sociedad actual, el ajetreo diario, la falta de conexión con los demás y con nuestro entorno o la falta de objetivos alcanzables. Son la causa más común de estas pataletas que están lejos ya de ser puramente infantiles.
Volvamos a lo básico.
Volvamos a los abrazos.

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