En la orilla del Sol [Ilustración de la autora]
Personaje observador
Una historia fantástica
El cometa bailón
Contaba doña María que, una vez, vio una estrella volar en direcciones imposibles, dando tumbos de un lado al otro de la bóveda celeste. «Era un cometa bailón», decía, y sonreía mientras buscaba con la mirada algún rastro en el firmamento. Doña María era residente en un centro de cuidados para enfermos de Alzheimer, y aquel astro que recorría el espacio danzando era el único hilo que la mantenía atada al mundo.
Sus enfermeros ignoraban la raíz de aquella extraña obsesión, pero María me confesó el secreto una tarde de verano, mientras el sol se filtraba cansado por la ventana.
Aquella estrella, aquel cometa bailón, bajaría algún día a la Tierra para llevarla de vuelta a casa. Allí, volvería a contemplar cielos de un naranja encendido y mares de color púrpura; vería aves de mil colores y caminaría por senderos de oro puro. Regresaría a las sensaciones que el tiempo le había arrebatado: el aroma profundo de las rosas blancas, el silbido del viento enredándose en su cabello y el suave tintineo de una campanilla que anunciaba la cena.
Todo era distinto en la Tierra. Aquí, los colores habían perdido su fuerza, volviéndose grises y opacos. Los olores de los árboles eran apenas un vago recuerdo de su infancia en aquel planeta donde todo olía a hierba fresca, a tierra mojada y a pan recién horneado. Se quejaba de que ya no se veían pájaros de verdad y de que el brillo de las estrellas era incapaz de atravesar la densa y contaminada atmósfera terrestre.
Incluso su propio cuerpo le resultaba ajeno. Sentía que le pesaba enormemente por culpa de la gravedad; estaba convencida de que, en su mundo natal, ella era un ser ligero, casi etéreo. Además, su aspecto se había marchitado en cuestión de días: el aire nocivo de las ciudades la arrugaba sin piedad y le blanqueaba el cabello como si fuera ceniza.
Doña María estaba segura de una sola cosa: ella no pertenecía a este mundo. Venía de uno mejor, situado a eones de distancia. No lograba recordar el nombre de su planeta, ni el de sus padres, ni siquiera el de su propia hija... pero sabía que la estrella volvería a por ella para devolverle su hogar.
Después de oír su historia, acudí a visitarla casi a diario. Me fascinaba su fe en el cielo. Hasta que una tarde, su habitación estaba vacía. No hizo falta preguntar demasiado; todos me dieron la misma respuesta, con una extraña paz en el rostro:
Había volado, por fin, con su estrella.
El burro que contaba disparates: una fábula estrafalaria
El burro que contaba disparates
La fábula del burro y el gallo de corbata
Había una vez un burro que contaba disparates. Parecía saber mucho sobre los temas de los que hablaba, pero sus historias no tenían nada que ver con la realidad; en el fondo, no sabía nada de nada. Era burro, muy burro. El pobre no encontraba con quién hablar y le soltaba sus relatos a una vaca lechera que apenas entendía el castellano. Además, la pobre vaca estaba algo sorda de un oído y a menudo lo espantaba con el rabo.
Un buen día, apareció un gallo con corbata cantando una serenata a los cuatro vientos. Y no pretendo hacer poesía: eso era, exactamente, lo que cantaba. El pobre gallo no sabía dónde se estaba metiendo. Nada más entrar en la plaza, tropezó con una piedra y cayó en un charco. De golpe, se acabaron el canto, la corbata y el ánimo. La piedra se rio a carcajadas y lo señaló con el dedo. Mientras tanto, un gato lo apuntaba todo en su cuaderno para irle con el cuento al burro, quien se encargaría de pregonarlo por todo el pueblo.
Pobre gallo, ya era el centro de atención. Pero el burro, por fin, había conseguido a alguien que lo escuchara. Ya no hablaría solo con una vaca sorda y extranjera; ahora todos querían conocer la historia del gallo torpe de la corbata.
Se reunieron una noche alrededor de una mesa. Comían, bebían y reían. El burro, subido a una silla para que lo vieran bien, comenzó su relato: —«Érase una vez un gallo torpe con corbata» —decía, mientras el público reía, aplaudía y seguía atento la historia.
Un ratón chilló: —¡Yo lo vi, yo lo vi! Tenía los ojos marrones y una cresta roja. La corbata era de seda con bordados dorados. —¿Y a quién le importa eso? —preguntó la mula. —A mí. Ese gallo parecía guapo y con clase. ¿Era extranjero? —se interesó una gallina ponedora. —¡Silencio! Dejen hablar al burro, por favor —pidió un perro ovejero.
Y así lo hicieron. El burro continuó.
«Ahora yo, que soy la tortuga del corral, te cuento la historia que le oí decir al burro aquella noche. Presta atención para no perder detalle». Esto dijo el burro:
»Érase una vez un gallo torpe con corbata que llegó a nuestro pueblo cantando una serenata. Tenía los ojos marrones, una cresta roja y llevaba flores en una cesta; tal vez para su abuela, para su hermana o para una amiga coja. Nadie sabe por qué llegó ni de dónde; era un misterio. Unos dicen que vino de Marte en busca de oro, enviado por su líder para robarnos el pienso. Otros afirman que era el novio secreto de una de nuestras amigas gallinas. ¿Es eso cierto?
Al mirar con recelo a las gallinas más jóvenes, consiguió que todas se ruborizaran y suspiraran deseando que así fuera. Continuó, entonces, el burro más burro de todo aquel lugar:
»Ese gallo —perverso o bondadoso, nadie lo sabe— vino solo para tropezar con una piedra, sentir vergüenza y desaparecer. Pues, ¿dónde está a estas alturas? ¿Alguien sabe a dónde fue?
Pasaron unos segundos tensos en los que nadie respondió; todos nos miramos extrañados. De repente, un pájaro carpintero picoteó la mesa para hacerse oír: —Señores, señoras, les deseo a todos una buena comida; cuidado no se atraganten con la avena. En primer lugar, quiero que sepan que ese gallo no cantaba: lloraba. Yo lo escuché desde mi rama y vi cómo caían lágrimas de sus ojos marrones. Tal vez le doliera algo. ¿Alguien le ha preguntado a la piedra que lo hizo caer?
Todos se miraron y se levantaron al unísono. Ya no querían escuchar la versión del burro, que se quedó sentado sobre sus patas traseras. Ahora querían la historia de la piedra, esa que nunca hablaba.
Los animales fueron volando, trotando y corriendo hacia ella. La rodearon y le preguntaron por el gallo de la corbata, la cresta roja y los ojos marrones que lloraba a ritmo de serenata. La piedra recordó el incidente y sonrió. Después, de forma extravagante, habló: —Ese chico debería mirar por dónde anda, siempre le pasa lo mismo. Bueno, lo mismo no, pero sí que le ocurren desgracias. Es un gafe, el pobre. Usa corbata para que nadie note que le faltan tres plumas en el cuello, de cuando se estrelló contra un cristal intentando volar. Nunca aprendió. ¿Nadie lo conoce? —Como nadie respondió, la piedra siguió con su extraño coloquio—: Lleva por aquí tres años ya. Es muy tímido y siempre anda solo. Alguien debería invitarlo a comer. No lloraba, como dijo el carpintero; solo se aclaraba la voz. Por lo visto cogió frío y está algo afónico. —Yo vi sus lágrimas —se oyó por ahí. —¿Cómo dices? ¿Lágrimas? ¡No! Ese chico es fuerte, nunca lo verán llorar. Yo misma vi cómo una de las hijas de los vecinos tiraba trozos de cebolla por la ventana —probablemente porque no le gustaba el sabor— con tan mala suerte de que le cayeron en la cara al pobre gallo. De ahí las lágrimas que vio el carpintero. Vayan a verlo, vive bajando esa calle.
Todos los animales se miraron avergonzados. Creían que la piedra era hostil por reírse de la desgracia del gallo solitario, pero resultó ser la única que se había interesado por su vida. Era su única amiga en el pueblo.
El burro, por su parte, comprendió que debía contarle sus historias disparatadas a aquel gallo. Así que animó a todo el mundo a ir a casa del «gafe» para compartir nuevos disparates. Y así lo hicieron. Desde entonces, el burro tiene con quién hablar y el gallo tiene quién lo proteja. Y todos, por fin, disfrutan con las historias que se cuentan.
Versos sobre la contaminación de los mares
Mar de porquería
Un pequeño cuento sobre la gratitud
Terraza con vistas
La cafetera ya borboteaba sobre el fogón, empañando los cristales de las pequeñas ventanas. Eva apartó con el pie una lata de cerveza que estorbaba ante la puerta de la cocina. Accionó un interruptor viejo y pegajoso, y un bombillo solitario se encendió bajo el techo de uralita, compitiendo con el sonido de las palomas que correteaban sobre el tejado.
Cuando el café estuvo listo, apagó la cocinilla de gas que un buen amigo le había regalado años atrás. Rescató dos vasos de una alacena oxidada y sirvió el líquido oscuro. Luego, añadió un chorro de leche para suavizar el amargor. En ese momento, le rugieron las tripas; llevaba dos días sin probar bocado, sobreviviendo a base de café y pan duro.
Un ruido seco la sobresaltó. Ana acababa de aplastar una cucaracha en el «rincón de estar», el lugar donde los tres se reunían para hablar y, si había suerte, comer. Era un cuadrado de cemento de unos seis metros por ocho, con un par de colchones a modo de sofás. Sábanas de colores colgaban de las paredes para ocultar el gris del hormigón. Sobre una mesa de madera descansaban tres teléfonos móviles y un bloc de notas junto a una vieja lata de conservas llena de lápices.
Aquella sala hacía también las veces de recibidor. La puerta de acceso, de una madera tan castigada que las capas de pintura de distintos colores se desconchaban al tacto, rara vez estaba cerrada. Por ella entraban libremente los gatos del barrio y Coco, el perro ciego del vecino, para acurrucarse en los colchones. —Es el precio que hay que pagar —solía decir Eva—. Gracias a ellos, las ratas se mantienen fuera.
—Venga, todos fuera. ¡A la calle! —Pedro apareció y se sentó, esperando a que el café perdiera algo de temperatura. Ana le sonrió mientras soplaba su taza con las piernas cruzadas. El suelo era su mesa, protegido del polvo por un mantel blanco que la madre de Eva había bordado a mano.
—¡Bueno! —suspiró Eva—. ¿Alguna novedad? —He recaudado cien, pero nadie me llama —respondió Ana. —¿Y tú, Pedro? —Hice algunas chapuzas. Ya sabes, me llaman para pintar o arreglar estanterías. Ayer estuve en casa de doña Concha; ha despedido a su cocinera porque le faltaban joyas. ¡Pobre señora!
—¿Doña Concha busca cocinera y no me has dicho nada? —saltó Ana—. Sabes que llevo meses buscando. ¿Eres tonto o qué te pasa? —Pero Ana, si tú no sabes cocinar —se burló Eva.
Era cierto: Ana no sabía ni freír un huevo. Sus únicos talentos eran pintar y cantar, y gracias a eso comía de vez en cuando. De poco le servía ahora su formación de «niña bien»; si su madre la hubiera apuntado a costura o cocina en lugar de a clases de arte, quizá hoy tendría un sueldo. Pero aquel era su presente: cien euros hoy, veinte mañana.
—Pues me enseñas; aprendo rápido —replicó Ana. Miró a Pedro con determinación—. Mañana iré a verla. Me arreglaré y conseguiré el puesto. Ya lo veréis.
Pedro y Eva intercambiaron una mirada de complicidad. Sabían que aquella «rebelde sin causa», la hija predilecta que había huido de casa para comerse el mundo, no encontraría trabajo ni mañana ni nunca. Aún estaba demasiado verde.
Un rayo de sol atravesó la ventana y cegó a Eva. Era el primer destello de una primavera que se había hecho esperar. Los tres salieron al exterior buscando el calor en sus cuerpos. Caminaron unos metros hasta un viejo sofá de pana marrón, agujereado y vencido, y se dejaron caer con un suspiro de alivio.
Desde allí, la ciudad se desplegaba a sus pies. Sus voces se mecían con el viento que subía desde el mar, atravesando la alfombra de hormigón que asfixiaba la tierra.
—No tenemos nada, salvo estas vistas —dijo uno. —Nada —asintió el otro. —Lo tenemos todo —sentenció el último.
Mirar las cosas con otra perspectiva
Un cuarto del revés
Estaba cabeza abajo, con los pies dirigidos al techo. No sabía por qué, pero le gustaba esa postura. Notaba cómo la sangre le latía en las sienes; se sentía viva. Se pasaba ratos así, contemplando el cuarto del revés: los muebles arriba, la lámpara abajo.
Así se fijó en la cama. Miró fijamente la cama. Vio con asco la pelusa que había debajo. Era una maraña de pelo oscuro, probablemente de las veces que su mascota había pasado por ahí, mezclada con restos orgánicos y vete a saber qué otras partículas.
La pelusa se movía.
O eso le parecía.
Se le empezaron a caer los pies e hizo fuerza para enderezarse, pero le relajaba estar bocabajo. Sentir el latido en las sienes, sentir el peso de su cuerpo sobre sus brazos... Era hipnótico. Seguiría así durante varios minutos, hasta que la cabeza le diera vueltas. Esa era la idea inicial. Pero la pelusa se movía.
La pelusa se movía.
Entonces vio el estuche que había perdido hacía ya unas semanas, justo al lado de la pelusa oscura. Tenía que sacarlo de ahí. «La pelusa lo va a estropear», pensó.
Pero no fue así. La pelusa giró varias veces, separándose del estuche y acercándose a un lápiz rojo, un papel arrugado y hasta a un calcetín blanco.
Ahí estaba uno de esos escapistas. Los calcetines eran como esos enamorados que no se despegan y que, cuando se van a vivir juntos, acaban separados de por vida. Tú mete dos calcetines juntos en la lavadora y te darás cuenta de lo que digo: si consigues que salga el par completo, has tenido suerte.
La pelusa se movía.
La pelusa se movía.
Con gran inquietud, vio cómo la pelusa la alcanzaba. Estaba ya junto a su nariz, mirándola de cerca. El cosquilleo la hizo estornudar y tambalearse. Tenía que darse la vuelta. Sus pies volvieron a tocar el suelo.
La pelusa no era gran cosa. Era solo un montón de polvo con pelo de perro. Se recoge y ya está.
Y hasta aquí llega la historia del cuarto del revés.
Así se fijó en la cama. Miró fijamente la cama. Vio con asco la pelusa que había debajo. Era una maraña de pelo oscuro, probablemente de las veces que su mascota había pasado por ahí, mezclada con restos orgánicos y vete a saber qué otras partículas.
La pelusa se movía. O eso le parecía.
Se le empezaron a caer los pies e hizo fuerza para enderezarse, pero le relajaba estar bocabajo. Sentir el latido en las sienes, sentir el peso de su cuerpo sobre sus brazos... Era hipnótico. Seguiría así durante varios minutos, hasta que la cabeza le diera vueltas. Esa era la idea inicial. Pero la pelusa se movía.
La pelusa se movía.
Entonces vio el estuche que había perdido hacía ya unas semanas, justo al lado de la pelusa oscura. Tenía que sacarlo de ahí. «La pelusa lo va a estropear», pensó.
Pero no fue así. La pelusa giró varias veces, separándose del estuche y acercándose a un lápiz rojo, un papel arrugado y hasta a un calcetín blanco.
Ahí estaba uno de esos escapistas. Los calcetines eran como esos enamorados que no se despegan y que, cuando se van a vivir juntos, acaban separados de por vida. Tú mete dos calcetines juntos en la lavadora y te darás cuenta de lo que digo: si consigues que salga el par completo, has tenido suerte.
La pelusa se movía. La pelusa se movía.
Con gran inquietud, vio cómo la pelusa la alcanzaba. Estaba ya junto a su nariz, mirándola de cerca. El cosquilleo la hizo estornudar y tambalearse. Tenía que darse la vuelta. Sus pies volvieron a tocar el suelo.
La pelusa no era gran cosa. Era solo un montón de polvo con pelo de perro. Se recoge y ya está.
Y hasta aquí llega la historia del cuarto del revés.





