Mirar las cosas con otra perspectiva

Un cuarto del revés

Un cuarto del revés [Imagen generada por IA]

Estaba cabeza abajo, con los pies dirigidos al techo. No sabía por qué, pero le gustaba esa postura. Notaba cómo la sangre le latía en las sienes; se sentía viva. Se pasaba ratos así, contemplando el cuarto del revés: los muebles arriba, la lámpara abajo.
Así se fijó en la cama. Miró fijamente la cama. Vio con asco la pelusa que había debajo. Era una maraña de pelo oscuro, probablemente de las veces que su mascota había pasado por ahí, mezclada con restos orgánicos y vete a saber qué otras partículas.
La pelusa se movía. O eso le parecía.
Se le empezaron a caer los pies e hizo fuerza para enderezarse, pero le relajaba estar bocabajo. Sentir el latido en las sienes, sentir el peso de su cuerpo sobre sus brazos... Era hipnótico. Seguiría así durante varios minutos, hasta que la cabeza le diera vueltas. Esa era la idea inicial. Pero la pelusa se movía.
La pelusa se movía.
Entonces vio el estuche que había perdido hacía ya unas semanas, justo al lado de la pelusa oscura. Tenía que sacarlo de ahí. «La pelusa lo va a estropear», pensó.
Pero no fue así. La pelusa giró varias veces, separándose del estuche y acercándose a un lápiz rojo, un papel arrugado y hasta a un calcetín blanco.
Ahí estaba uno de esos escapistas. Los calcetines eran como esos enamorados que no se despegan y que, cuando se van a vivir juntos, acaban separados de por vida. Tú mete dos calcetines juntos en la lavadora y te darás cuenta de lo que digo: si consigues que salga el par completo, has tenido suerte.
La pelusa se movía. La pelusa se movía.
Con gran inquietud, vio cómo la pelusa la alcanzaba. Estaba ya junto a su nariz, mirándola de cerca. El cosquilleo la hizo estornudar y tambalearse. Tenía que darse la vuelta. Sus pies volvieron a tocar el suelo.
La pelusa no era gran cosa. Era solo un montón de polvo con pelo de perro. Se recoge y ya está.
Y hasta aquí llega la historia del cuarto del revés.

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