Un pequeño cuento sobre la gratitud


Terraza con vistas

terraza con vistas [imagen creada por IA]



La cafetera ya borboteaba sobre el fogón, empañando los cristales de las pequeñas ventanas. Eva apartó con el pie una lata de cerveza que estorbaba ante la puerta de la cocina. Accionó un interruptor viejo y pegajoso, y un bombillo solitario se encendió bajo el techo de uralita, compitiendo con el sonido de las palomas que correteaban sobre el tejado.

Cuando el café estuvo listo, apagó la cocinilla de gas que un buen amigo le había regalado años atrás. Rescató dos vasos de una alacena oxidada y sirvió el líquido oscuro. Luego, añadió un chorro de leche para suavizar el amargor. En ese momento, le rugieron las tripas; llevaba dos días sin probar bocado, sobreviviendo a base de café y pan duro.

Un ruido seco la sobresaltó. Ana acababa de aplastar una cucaracha en el «rincón de estar», el lugar donde los tres se reunían para hablar y, si había suerte, comer. Era un cuadrado de cemento de unos seis metros por ocho, con un par de colchones a modo de sofás. Sábanas de colores colgaban de las paredes para ocultar el gris del hormigón. Sobre una mesa de madera descansaban tres teléfonos móviles y un bloc de notas junto a una vieja lata de conservas llena de lápices.

Aquella sala hacía también las veces de recibidor. La puerta de acceso, de una madera tan castigada que las capas de pintura de distintos colores se desconchaban al tacto, rara vez estaba cerrada. Por ella entraban libremente los gatos del barrio y Coco, el perro ciego del vecino, para acurrucarse en los colchones. —Es el precio que hay que pagar —solía decir Eva—. Gracias a ellos, las ratas se mantienen fuera.

—Venga, todos fuera. ¡A la calle! —Pedro apareció y se sentó, esperando a que el café perdiera algo de temperatura. Ana le sonrió mientras soplaba su taza con las piernas cruzadas. El suelo era su mesa, protegido del polvo por un mantel blanco que la madre de Eva había bordado a mano.

—¡Bueno! —suspiró Eva—. ¿Alguna novedad? —He recaudado cien, pero nadie me llama —respondió Ana. —¿Y tú, Pedro? —Hice algunas chapuzas. Ya sabes, me llaman para pintar o arreglar estanterías. Ayer estuve en casa de doña Concha; ha despedido a su cocinera porque le faltaban joyas. ¡Pobre señora!

—¿Doña Concha busca cocinera y no me has dicho nada? —saltó Ana—. Sabes que llevo meses buscando. ¿Eres tonto o qué te pasa? —Pero Ana, si tú no sabes cocinar —se burló Eva.

Era cierto: Ana no sabía ni freír un huevo. Sus únicos talentos eran pintar y cantar, y gracias a eso comía de vez en cuando. De poco le servía ahora su formación de «niña bien»; si su madre la hubiera apuntado a costura o cocina en lugar de a clases de arte, quizá hoy tendría un sueldo. Pero aquel era su presente: cien euros hoy, veinte mañana.

—Pues me enseñas; aprendo rápido —replicó Ana. Miró a Pedro con determinación—. Mañana iré a verla. Me arreglaré y conseguiré el puesto. Ya lo veréis.

Pedro y Eva intercambiaron una mirada de complicidad. Sabían que aquella «rebelde sin causa», la hija predilecta que había huido de casa para comerse el mundo, no encontraría trabajo ni mañana ni nunca. Aún estaba demasiado verde.

Un rayo de sol atravesó la ventana y cegó a Eva. Era el primer destello de una primavera que se había hecho esperar. Los tres salieron al exterior buscando el calor en sus cuerpos. Caminaron unos metros hasta un viejo sofá de pana marrón, agujereado y vencido, y se dejaron caer con un suspiro de alivio.

Desde allí, la ciudad se desplegaba a sus pies. Sus voces se mecían con el viento que subía desde el mar, atravesando la alfombra de hormigón que asfixiaba la tierra.

—No tenemos nada, salvo estas vistas —dijo uno. —Nada —asintió el otro. —Lo tenemos todo —sentenció el último.




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