EL GOLONDRINO DE KIMERA DE ESPINO
El golondrino [imagen creada por IA]
Cuenta la leyenda que, en tiempos de oscuridad, secretos y misterios, una fábrica de galletas se alzaba al final de la calle Doña Antonia, en Kimera de Espino, cerca de una gran montaña donde el sol se ponía antes de tiempo. Alrededor de la fachada de aquel edificio, ocultos entre los muros oscurecidos por la penumbra del atardecer, vivían niños abandonados por padres y tutores poco escrupulosos.
Sobre las ocho de la tarde, un joven repartidor de rostro granujiento y cabello graso regalaba las galletas sobrantes a los niños, que salían de su escondite al verlo llegar. Nadie sabía a ciencia cierta cómo sobrevivían aquellas criaturas sin probar verdura, carne ni leche, alimentados únicamente por las galletas rancias del repartidor. Muchos afirmaban que algunos cazaban ratas y gatos en la oscuridad; otros aseguraban que los pilluelos robaban de vez en cuando; e incluso había quien acusaba sin pruebas al que le parecía más feo o desaliñado. Todo eran conjeturas. Lo único seguro era la historia del repartidor, pues muchos lo habían visto al caer la tarde rodeado de niños hambrientos.
El muchacho, conocido como «El Golondrino», tenía quince años e intentaba ahorrar para marcharse de la ciudad. Quería conocer el mundo, «salir de aquella cloaca», como él decía. Malvivía en un barrio hediondo de fachadas grises y manchadas de orín, en un cuchitril de paredes húmedas al que se accedía por una puerta que no cerraba del todo —ni falta que hacía—. No tenía luz ni agua corriente; en invierno, pasaba las tardes en la acera mirando las estrellas, envuelto en una manta vieja y agujereada que rescató de la basura. El Golondrino se sentía solo desde que murió su hermana mayor, quien lo había criado como una madre; por eso buscaba la compañía de los niños de la calle. Con ellos pasaba el tiempo cuando no trabajaba: les contaba historias, jugaba y los ayudaba a fabricar refugios.
Se entretenía, pero aquella vida no era para él. Anhelaba una casa mejor, lejos de aquel barrio, con electricidad y una puerta firme; quería tener algo que los ladrones pudieran envidiar, hacer amistades de su edad, ser maestro o alcalde... ¡qué más daba! Buscaba un trabajo bien pagado, digno de un ser humano. Probablemente, su hermana también lo habría querido así.
Sin embargo, reunir el dinero era una tarea titánica. Cada principio de mes recogía su sueldo con ilusión, lo llevaba a casa y abría la caja de zapatos que guardaba bajo la cama solo para comprobar, con decepción, lo poco que logaba sumar. Era casi imposible ahorrar si pretendía comer tres veces al día y pagar a la señora Amparo por usar su ducha cada dos jornadas. No podía prescindir de nada: si dejaba de comer, no rendiría y lo despedirían; si dejaba de asearse, el resultado sería el mismo.
El Golondrino vivía en un dilema constante, pero olvidaba sus penas al ver a «sus» niños. Sus sonrisas desdentadas lo llenaban de gozo y aplacaban su mal humor característico. Habrá quien considere su caridad un acto egoísta o narcisista, pero lo cierto es que, gracias a él, muchos niños encontraban consuelo.
Así pasaba el tiempo hasta que, una noche, se acostó mareado; la comida le había sentado mal y el sueño no llegaba. De repente, un ruido brotó de la pared derecha, un muro liso sin puertas ni ventanas. —«Ven»—, oyó.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Encendió una vela con manos temblorosas mientras la voz repetía la invitación. Buscó bajo la cama, tras el armario, en la cocina y el baño... nada. La voz insistió desde el mismo punto: —«Ven»—. Pálido y encogido de miedo, se detuvo ante el muro. Al palparlo, la pared se abrió. Una puerta oculta reveló una escalera de piedra que descendía hacia un sótano. Tras dudarlo, bajó. Allí encontró un cofre rebosante de oro y joyas cuyo brillo lo deslumbró.
—¡Tapen esa luz! —gritó, protegiéndose los ojos.
Despertó sudando. ¿Había sido solo un sueño? Corrió a palpar el muro: nada. La decepción lo hundió. Regresó al trabajo más triste y cabizbajo que nunca, sintiéndose sucio, pobre y, por primera vez, profundamente engañado por su propia esperanza. Al acercarse a la fábrica, vio a lo lejos una multitud: eran los niños, unidos en una piña compacta, silenciosos, esperándole bajo la luz mortecina del amanecer.
—¡Ven! —le gritó uno de ellos, cuya voz sonó extrañamente parecida a la del muro. —¡Hemos cobrado el billete! —exclamó otro, aunque sus ojos permanecían fijos y carentes de brillo.
Habían encontrado un billete premiado en la cuneta. Era una fortuna impensable. El niño más alto, un muchacho de piel pálida y dedos alargados, le tendió una bolsa de tela que pesaba más de lo normal. —Es para ti —susurró—. Cóbrate las galletas y vete. No vuelvas la vista atrás.
El Golondrino, cegado por el alivio, huyó de Kimera de Espino sin despedirse. Corrió por el mundo, compró ropajes de seda y habitó palacios, pero el oro de su bolsa nunca se terminaba. Sin embargo, con cada moneda que gastaba, su cuerpo se volvía más gris, más pesado, más frío. Una noche, mientras dormía en una cama de plumas en una ciudad lejana, volvió a escucharla.
—Ven —susurró la pared de mármol de su mansión.
Despertó sobresaltado y descubrió con horror que ya no estaba en su palacio. Se hallaba de nuevo en su viejo cuchitril de paredes húmedas. No había oro, ni viajes, ni gloria. Frente a él, los niños de la calle lo rodeaban en la penumbra, pero sus rostros ya no tenían facciones; eran sombras oscuras, similares a la figura que una vez soñó.
—Las galletas no eran gratis —dijo la voz, que ahora surgía de su propia garganta—. Te dimos el mundo a cambio de tu alma, y ahora la fábrica necesita un nuevo dueño que la cuide desde las sombras.
El Golondrino no volvió a viajar. Dicen que si pasas hoy por la calle Doña Antonia, verás a un hombre de ojos negros como el alquitrán repartiendo dulces rancios. No es un hombre, es un eco. Y si te acercas demasiado a los muros de la vieja fábrica, quizás escuches un susurro que te helará la sangre.
Yo lo sé porque mía sigue siendo esa voz...
¡VEN!

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