El pequeño artista



El pequeño artista. [Ilustración digital de la autora, Esther C. Ramírez Millares]

La toalla blanca que se hallaba tendida cayó y tapó una cara que había en el suelo. Una mano la apartó y la otra continuó su tarea: «ahí va un cuello», pensó, «y el hombro izquierdo, el brazo y el cuerpo entero». 
    En el rincón del patio la luz llegaba de lado pero era suficiente y se veía con claridad. Ya quedaba menos. «Los pies».  
    El artista se quejó del viento, soplaba con fuerza. El ulular era como el sonido de la flauta de mamá, pero más puñetero. Por un leve lapso temporal, levantó la vista del suelo para mirar al perro labrador que se levantaba pesadamente del frío suelo y acudía a tumbarse en la toalla caída. Antes de echarse, el cánido arrugó la tela con las patas delanteras, las arrugas lo aislarían del frío. El artista pensó que su amigo de cuatro patas se echaba la siesta en cualquier parte, «menuda suerte, yo solo puedo dormir con mamá».
    El viento cada vez soplaba con más intensidad. «Debo darme prisa o no podré acabar». Dejó de mirar al perro y volvió a lo que estaba haciendo, la pintura en el suelo, los trazos a rotulador negro que había cogido del estuche de su hermana mayor, de esos que no se van con el agua, «por si llueve, que dure». 
    Una vez terminada la obra, el niño quedó muy satisfecho. Era maravilloso, nunca antes había dibujado algo así. «». «Es Mamá», le aclaró a su compañero canino, «tengo que llamarla». Entonces, abrió su boca y chilló. La única palabra que había aprendido a expresar en voz alta: 
    —¡Mamá!
    Y Mamá apareció. 
    Y no le gustó el dibujo. No vio en aquel rayón negro la fiel reproducción a su anatomía hecha por las manos de su hijo. Bueno, quizá no era tan fiel.  Lo que sí vio fue al perro acostado en la toalla recién lavada, a su hijo manchado de rotulador negro y un rayón que ocupaba varios azulejos del suelo.
    —¿Qué es esto?— gritó ella —¡Ven aquí!— volvió a gritar mientras el niño gateaba a toda prisa sin comprender lo que pasaba. —¡Hoy te voy a enseñar a lavar a mano y a frotar! ¡Esto no se hace!

Cuando mamá lo alcanzó, el niño lloraba. Ella lo abrazó y dejó de llorar, allí se estaba calentito. Comprendió, tras una aburrida explicación, que el suelo no es lugar para pintar. «Menudo chasco».

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