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BURBUJAS. Poemas de maternidad agobiada
Corriendo por mi barrio, entre mi casa y la guardería de mi hija, surgió este poemario.
Más bien fue en los ratos de meditación consciente en el parque del canódromo, entre los barrios de Escaleritas y Schamán, en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, un lugar de la isla que, por cierto, me encanta.
Sucedió un día que me convertí en madre y repetí. Y en esta segunda vez me sentí muy agobiada con todo, porque quería trabajar fuera de casa y no veía el momento. Mi rutina me imposibilitaba añadir carga de trabajo.
Esta era entonces la primera parte de mi rutina:
Primero: los desayunos a la carrera, la ropa, el pelo desgreñado de los niños, la comida para la media mañana y las mochilas con su correspondiente muda.
Segundo: meter a la pequeña en el carrito, amarrar al carrito la correa de la perra, meter las mochilas en la cesta del carrito, decirle al mayor que abriera las puertas, la de mi casa y la del portal, y que se diera prisa.
Tercero: enganchar a la perra al carro y correr calle abajo.
Cuarto: dejar a uno en el cole, a la otra en la guardería (escuelita infantil, le dicen ahora).
Quinto: RESPIRAR.
En esos momentos de respiro, iba con el carro vacío y la perra al parque.
Allí, tras saludar a los chicos de Parques y Jardines, me sentaba y soltaba a la perra. Mi perra en ese entonces era ya una ancianita que solamente se sentaba a mi lado a disfrutar del sol de la mañana, de vez en cuando se levantaba a oler el césped y a soltar lo que tenía que soltar. Por supuesto, yo me levantaba a recoger lo que hubiera que recoger.
Allí, bajo los árboles del parque, empecé a pensar. Pensaba en el ruido de la fuente, el agua corriendo; pensaba en el canto de los pájaros, en lo libres que son; pensaba en los perros del parque, cómo forman amistades; pensaba en mis hijos, en cómo me habían cambiado la vida.
Y empecé a llevar a aquellos paseos una libreta y un boli negro para apuntar las ideas.
No era nada nuevo. Desde que, con diez años, empecé a escribir a mano en folios, no he parado.
Poco a poco, la libreta se llenó de poemas.
Entonces llegó el día en el que me vi con fuerzas para trabajar fuera de casa. Empecé a buscar trabajo. Empecé a deprimirme (poco) por la falta de puestos vacantes. Olvidé mi poemario.
Esto tampoco es nuevo. Llevo toda la vida diciendo que quiero escribir y, al final, escribía sólo para mí, con el pensamiento de que tengo que ganarme un sueldo.
Pasó un tiempo hasta que una persona muy querida, mi suegra, me habló de una editorial que no cobraba por las impresiones.
«¿Por qué no publico ya?», pensé. Ya no tenía excusa. Siempre había dicho que no tenía dinero para pagar a una editorial, pero este argumento ya no me servía.
Y así fue. Me puse en contacto con la editorial.
Así salió este proyecto.
Mi primer libro publicado que, espero, cruce el charco pronto para entrar en las librerías nacionales.
Te cuento de qué va en la sinopsis:
Con este breve poemario quiero reflejar el desafío de la mapaternidad (los papás también están ahí), las prisas, el caos, los descuidos, los llantos y también las alegrías de la familia unida con algún que otro reencuentro.
Entre estas líneas hablo tanto de la alegría del juego como del dolor de la pérdida, de vestidos de fiesta y paisajes grises.
No verás en este libro una estructura lógica, ni un recorrido coherente, ni una métrica estricta porque así es la vida, es una locura caótica incontrolable, imparable.
Así son las burbujas. Ninguna burbuja es idéntica a otra. Ninguna burbuja va delante o detrás de otra. Las burbujas vuelan y siguen adelante hasta que, sin que nos demos cuenta, explotan y se acaba la fiesta.
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El pequeño artista
La toalla blanca que se hallaba tendida cayó y tapó una cara que había en el suelo. Una mano la apartó y la otra continuó su tarea: «ahí va un cuello», pensó, «y el hombro izquierdo, el brazo y el cuerpo entero».
—¿Qué es esto?— gritó ella —¡Ven aquí!— volvió a gritar mientras el niño gateaba a toda prisa sin comprender lo que pasaba. —¡Hoy te voy a enseñar a lavar a mano y a frotar! ¡Esto no se hace!
Historia sobre el color verde
LA REBELIÓN DEL VERDE ESPERANZA
Una tarde, la madeja de hilo que doña María guardaba en una cesta arrinconada en el segundo piso rodó escaleras abajo. Era de un verde intenso. Doña María la necesitaba para tejer un abrigo a su nieto de cinco años; ese color siempre le evocaba los viajes al extranjero con su difunto esposo. Recordaba los bosques en los que ambos se perdían, los lagos, los valles y las extensas praderas que olían a tierra mojada. Sí, el verde era el color adecuado para su nieto. Verde esperanza. Una esperanza de vida que a ella ya se le antojaba demasiado breve.
Sin embargo, en el caos de la pequeña cesta de mimbre, se había desatado un debate sobre el sentido de la existencia y el resultado fue una fuga hacia la libertad. El ovillo verde se negaba a ser enredado, lazado y cortado; se negaba a formar parte de un todo y a perder un trozo de su ser —ese sobrante que siempre termina desechado—. Prefería rodar escaleras abajo, arriesgando su integridad y su redondez. Estaba dispuesto a enredarse en un nudo imposible antes que cumplir su destino; no le importaba si, tras la caída, lo declaraban inservible y lo arrinconaban de nuevo. Al menos, eso le daría tiempo para trazar un nuevo plan.
La tijera lo llamó cobarde. Le increpó que era incapaz de enfrentarse a su destino, que era un inmaduro y que debía asumir su responsabilidad como hilo de lana. El verde se defendió con orgullo: cobarde es aquel que acepta un destino impuesto y da la espalda a sus propias ilusiones. Una aguja intervino para decir que ella era muy feliz uniendo hilos y telas; que ese era su sino y que no se podían tomar decisiones «a lo loco». Según ella, había que tener un poco de «ojo» y visión de futuro. Un alfiler hizo un llamamiento al orden: había que tratar aquellos temas con cabeza. Su mujer, una alfiletera menos sensata, intentó en vano hacer entrar en razón a la madeja, cuya cabezonería estaba poniendo nerviosa a la tijera, ansiosa por cortar por lo sano y zanjar el asunto.
Mientras tanto, las pequeñas hilachas —aquellos restos que ya habían sido separados de sus ovillos— animaban al verde a coro. Él representaba la esperanza de todos los hilos. No podían permitir más atrocidades; nadie volvería a cortarlos nunca.
Pero el verde no aspiraba a ser el salvador de nadie. Solo quería libertad. Temía ser amarrado a una prenda, temía quedar eternamente entretejido y, sobre todo, temía servir para ser estropeado por un niño. Aquel le parecía un final atroz. Prefería perderse por el salón, rodar por el jardín, desdibujar su forma o enredarse en un árbol. Prefería cualquier cosa antes que regresar a la cesta de costura.
Esa tarde, doña María vio cómo su madeja de hilo verde caía por los escalones sin desmadejarse, manteniendo su forma intacta. El ovillo llegó al rellano y siguió rodando, perfectamente ovillado, hacia la puerta.
Era increíble. No podía ser. Pero sucedió.
REFLEXIÓN SOBRE LOS SENTIMIENTOS
LA PATALETA
Palabras me pides, exiges.
mas ninguna tengo.
No puedo, lo siento.
Tú no comprendes.
Lloro y grito, te alejo.
¡Que no quiero!
Enrojezco de rabia. Me quejo.
¡Que no quiero!
En el pecho doliente,
un quiste del alma,
un fuego ardiente.
Y tú me pides calma.
Lloro y grito, te alejo.
¡Que no quiero!
Enrojezco de rabia. Me quejo.
¡Que no quiero!
¿Qué pasa? Preguntas.
¡Vete! ¡No vengas!
Un fuego en las venas
por el iris asoma.
Lloro y grito, te alejo.
¡Que no quiero!
Enrojezco de rabia. Me quejo.
¡Que no quiero!
Y tú pides calma.
No puedo, no sale.
Se encorva mi espalda.
La angustia se expande.
Empujo tu pecho. Duele.
Respiro. ¡Quita!
No sueltas.
Siento tu pecho caliente.
No me sueltes.
Respiro.
No me dejes.
Me duermo.
Las pataletas
Esther Cecilia Ramírez Millares
¿Te suena esta situación?
Si tu respuesta es NO, me pregunto yo si es que eres un ser no sintiente o si te mientes a tí misma.
Si tu respuesta es SÍ, claro, mujer, hombre o arcoíris, es lo más normal.
Hoy, cuando lo normal ya no es normal, vuelvo a pensar en lo básico, en la necesidad primera de contacto humano, una necesidad que en la cultura occidental hemos obviado durante muchos años porque hay que ser fuerte, hay que estar preparados para lo peor. ¿Y qué es peor que la ausencia?
Déjame, estoy trabajando
En esos momentos en que sientes que estás sola, en que nadie te puede escuchar, en que te mandan a otro lugar para no oírte, sientes que pierdes el mundo.
Déjame, estoy trabajando
En esos momentos en los que cambias de lugar, en los que tu círculo se vuelve recto, en los que sabes que no volverás a donde estabas, sientes que ya no estás en tu cuerpo.
Déjame, estoy trabajando
En esos momentos en los que no sabemos qué nos pasa, en los que gritamos porque hay algo dentro de nosotros que nos quema, en los que nuestra piel nos aprisiona, y por fin alguien te ve:
Ven, cuéntame qué te pasa
Y nos damos cuenta de que no es lo que nos pasa sino lo que no nos pasa.
Me pasa tu ausencia.
Todos necesitamos una mano cercana, un brazo, un pecho donde refugiarnos hasta que el fuego se extingue.
Y no le sucede exclusivamente a los niños.
Recuerda esa vez que te enfadaste muchísimo por una tontería.
Recuerda la vez que exigiste más de lo que el otro podía darte.
Todos pasamos por esto alguna vez. Somos animales, no máquinas.
La exigencia de la sociedad actual, el ajetreo diario, la falta de conexión con los demás y con nuestro entorno o la falta de objetivos alcanzables. Son la causa más común de estas pataletas que están lejos ya de ser puramente infantiles.
Volvamos a lo básico.
Volvamos a los abrazos.




